Lectura
Las conchas abiertas
Repetición, borde y una forma de silencio.

Esta serie empezó más por repetición que por acumulación. Me atraía poner varias conchas en el mismo campo y ver cómo, aun pareciéndose tanto, ninguna terminaba de ocupar el mismo lugar. Al juntarlas, lo que aparecía no era cantidad, sino variación: cambios pequeños de tamaño, de inclinación, de borde y de sombra.
Después quise acercarme. Al aislar una sola concha, la serie cambiaba de ritmo y dejaba ver otra cosa: el interior lechoso, los matices violáceos, las orillas gastadas, esa mezcla entre una superficie muy limpia y un borde más áspero, más terrestre. Esa relación entre forma, superficie y vacío acercaba la serie al territorio del bodegón contemporáneo.

El detalle venía por esa misma ruta. No buscaba agrandar la pieza para volverla más importante, sino mirarla con más calma. En esa distancia corta, el borde empieza a decir mucho: la porosidad, la línea quebrada, la costra mínima, la transición entre lo nacarado y lo rugoso. Son cosas pequeñas, pero sostienen gran parte de la serie.

También era importante el espacio alrededor. El fondo claro no entra aquí como un vacío neutro, sino como una superficie que ordena sin imponer demasiado. Deja respirar las formas, separa una de otra y permite que la atención se mueva con tranquilidad. Me gustaba que la serie se apoyara en esa limpieza sin volverse fría.
Por eso el recorrido va cambiando de escala: primero la reunión, luego la pieza sola, después el acercamiento, y al final una relación más breve entre dos formas. No me interesaba mostrar muchas conchas, sino ver cómo una misma familia de formas cambia cada vez que la mirada se acerca, se aparta o se detiene en un borde distinto.

Lo que fui encontrando aquí no fue tanto una imagen del mar como una pequeña secuencia de superficies, vacíos y variaciones. Conchas abiertas, casi en silencio, mostrando que una forma repetida nunca termina de decir exactamente lo mismo.